Tener una sonrisa de “blanco nuclear” es, en realidad, un concepto más publicitario que biológico. El color de los dientes no es una capa de pintura uniforme. El tono es el resultado de una superposición de tejidos con propiedades ópticas distintas.
Contrario a lo que se cree, el esmalte (la capa exterior) es translúcido y casi incoloro. El verdadero responsable del color es la dentina, la capa interna que se encuentra justo debajo. Esta dentina tiene un tono que oscila entre el amarillo pálido y el naranja suave.
El color que se observa es una especie de efecto óptico. El esmalte funciona como un cristal que deja traslucir el color de la dentina. Por eso, unos dientes sanos tienen naturalmente un tono marfil o blanco cremoso, no un blanco puro.
¿Por qué se vuelven amarillos? Los tres culpables

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El cambio de color (discromía) ocurre principalmente por tres vías. Una de ellas es el desgaste del “cristal” (esmalte). Con la edad o el consumo de ácidos, el esmalte se vuelve más fino. Al adelgazarse, la dentina (que es amarilla) se vuelve más visible. Es un proceso de transparencia, no solo de suciedad.
La segunda razón es por pigmentación externa (porosidad). El esmalte dental tiene microporos donde se alojan taninos y colorantes de lo que se consume (café, té, vino tinto, tabaco, cúrcuma). Estas manchas “se pegan” a la superficie.
El tercer culpable serían factores internos. Por ejemplo, ciertos medicamentos (como las tetraciclinas en la infancia) puede dar la coloración amarillenta. También, el exceso de flúor durante la formación del diente o traumatismos que afectan al nervio. Todo lo mencionado puede “teñir” el diente desde adentro hacia afuera.
Soluciones en el sillón dental
La odontología actual ofrece tres niveles de respuesta según el origen del problema:
- Blanqueamiento químico (fotoactivación). Consiste en aplicar geles de peróxido de hidrógeno o carbamida que penetran los poros del esmalte para “oxidar” las manchas internas de la dentina. Es efectivo cuando el diente aún conserva buen grosor de esmalte.
- Microabrasión. Cuando las manchas son superficiales o blancas por descalcificación, se “pule” suavemente la capa microscópica del esmalte para igualar el tono.
- Carillas dentales. Cuando el amarillo es intrínseco (interno) o el esmalte está muy desgastado, se “forra” la cara frontal del diente. Es la solución definitiva para cambiar tanto el color como la forma.
