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Es normal que los bebés busquen chuparse el dedo como un acto reflejo. Sin embargo, cuando se hace un hábito y se prolonga en el tiempo trae consigo consecuencias negativas. Esta acción llega a deformar los dientes y los huesos de la boca.

Cuando la costumbre de succionar los dedos sobrepasa los 3 años de edad, puede causar malformaciones graves que requerirán tratamientos de ortodoncia complejos en el futuro. Esto ocurre porque la presión constante del dedo y la fuerza de succión modifican la estructura ósea de la cara en pleno crecimiento.

Son varias las complicaciones orales que deja el hábito a largo plazo. Una de las más evidentes es la mordida abierta. Ocurre cuando los dientes superiores delanteros se van hacia adelante (se “abocan”) y los inferiores hacia atrás. Al cerrar la boca, queda un espacio vacío entre ellos que impide cortar los alimentos.

También, chuparse el dedo puede generar una deformación del paladar. Es decir, el paladar se vuelve estrecho y ojival (hondo), lo que reduce el espacio para que los dientes definitivos salgan alineados. Igualmente, entre las consecuencias se halla la mordida cruzada. Se da cuando al estrecharse el maxilar superior, los dientes de arriba muerden por dentro de los de abajo.

Consejos según la etapa

Foto: Pexels.com

El enfoque para corregir el mal hábito de chuparse el dedo debe enfocarse según la edad. Por ejemplo, en bebés menores de un año es preferible sustituir el dedo por un chupete anatómico. Aunque el chupete también puede causar problemas si se abusa de él, es un hábito mucho más fácil de quitar por los padres que el propio dedo, el cual está siempre disponible.

Además, expertos aseguran que la mejor manera de solucionar el problema es aplicar una retirada progresiva. El objetivo principal debe ser que el niño deje el hábito antes de que le salgan los primeros dientes definitivos (alrededor de los 6 años). Los 3 años es la edad ideal para empezar a erradicarlo por completo.

Tips para corregir el hábito en el niño

El castigo o la presión excesiva suelen aumentar la ansiedad del niño, logrando el efecto contrario (que se chupe más el dedo). Especialistas recomiendan que es mejor usar un enfoque positivo:

  • Identificar el detonante. Observar en qué momentos se lleva el dedo a la boca (cuando tiene sueño, miedo, aburrimiento o hambre). Si lo hace por estrés, hay que buscar calmarlo con un abrazo, un peluche o hablarle suavemente.
  • Refuerzo positivo. Es bueno premiar y elogiar al niño cuando pase tiempo sin chuparse el dedo. Se puede usar una tabla con pegatinas para los días que consiga no hacerlo.
  • Mantener sus manos ocupadas. Si se nota que se lleva el dedo a la boca de forma inconsciente mientras ve la televisión, se puede darle un juguete antiestrés, plastilina o un libro para colorear.
  • Recordatorios amables. Durante la noche (que es cuando el hábito es más automático), se le puede colocar un calcetín en la mano o una tirita divertida en el dedo. No hay que hacerlo como un castigo, sino como un juego o recordatorio para que su dedo descanse.
  • Hablarle de forma sencilla. Hay que explicarle, con dibujos o cuentos, que sus dientes necesitan espacio para crecer fuertes y que el dedo los está empujando.
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